Costra
Mi cuerpo ya descansa en agonía, ahora, con mis manos, poco a poco iré quitando el aire a mi pobre espíritu, destruyendo para siempre la persona que había. Fuera quedará la cáscara, la costra, el testigo de todo de todo lo que va a sustituirme para siempre
La noche se viste de oscuras olas de raso, rompen contra mis sentidos. El valle de las heridas que otrora surcarán las lágrimas de mi llanto, son ahora cascadas que caen entre la herida abierta que hizo de mi corazón dos trozos.
La noche duerme sobre el campo,
Nunca antes se me había antojado el deseo de separar mi conciencia, mi mente, sentimientos y dolor de la vida. La vida, cuantas veces se proclama como el rio por el cual fluye la felicidad, en mi caso es un aspero alambre cuya duracción se acorta por la herrumbre de la pena y la perdida de la esperanza. Siento deseos de estrangularlo yo mismo, de un golpe seco, acabar así con la agonia de ver como mi mundo cada vez pierde más piezas que lo hagan tener sentido, o, por qué no, ganas de seguir en él. Vivo por el hecho de estar unido a un cuerpo, uno que alimenta mi psique, mi alma, y esta dice basta. No hayo paz en sueños plagados de pesadillas. No lo hago en un mundo en el cual ya nada tiene interés.
No hay luz, no hay vida, pues esta se difumina cuando sin sombras su presencia se diluye. Ya no queda nada que pueda herirme, ya no puedo sentir más dolor. Voy a estar más allá de él.
La vida es intangible, el dolor real, y este baña las playas de mi ser. Sus aguas cubren algo que yace muy profundo. Ojala pudiese sólo llorar y gritar desconsoladamente, pero no soy capaz. Cubro mi debilidad con barreras que ya no puedo controlar, salen en mi socorro incluso cuando no las deseo. Evitáis que escape mi pena, impedís el llanto y que me deje el dolor grito, pero nadie me oye, nadie me consuela.
Desearía poder gritar. No sabes cómo. Dejar caer todo mi cuerpo al suelo y gritar amargamente hasta quedarme sin voz ni lágrimas.
Cada día me encuentro más sólo. No son tu palabras, estás ya no me llegan. Tratas de insuflarme una vida que no deseo, una que me obligas a tener en muerte y que me abandona cuando no miras.
Las palabras son dolor. Están ahí, latentes esperando, las mismas palabras que usamos para describir una mesa pueden matar nuestras ganas de seguir adelante. Hoy he oido lanzas salir de tus labios y clavarse en mi cuerpo. Pero yo no soy una mesa
No sé si el dolor que puede llegar a sentir una persona pueda matarla. Siempre, en caso de sufrimiento extremo se nos viene a la cabeza la escena del individuo o mujer que, llevándose la mano al pecho como último aferro a la vida, cae al suelo fulminado como si el mismo dolor o desengaño ajusticiase su vida partiéndole el corazón.
Los pensamientos no son palabras. Es así cuando nos enamoramos o cuando nos vemos atenazados por el más amargo dolor de nuestra existencia. Jamás una palabra, escrita u hablada es capaz de expresar todo ese sentimiento, todo ese dolor fruto de un golpe seco del destino, o de la destilación lenta de nuestros miedos y pesadillas hechas realidad. No puedo evitar ser una cascara vacia que al expresar con analitico miedo la realidad de mi ser, hacerlo como un espectador, así como el que lee un libro, no como el que lo escribe. El dolor es tenaz, y el amor sólo pasajero, eso debe de hacer que tengamos constancia de que es más intenso... amar tan sólo es una fase del dolor.
La vida es una carrera perdida contra la muerte, una lenta y dolorosa como anuncian los paquetes de tabaco. La felicidad es una mentira que nos venden detrás de cada sonrisa. Hasta dónde podemos seguir avanzando en nuestro caminar hacia la nada. Las ilusiones son falsas. El camino es falso y falsos todos los actores que en la vida se encuentran. A veces, mirar adelante sirve únicamente para alentarnos en lo fútil que es el ahora. Hagamos lo que hagamos no queda ni un gramo de esperanza donde poder depositar nuestros sueños, otros ya se han encargado de matarlos.
Combaste tanto mi alma que la partiste en pedazos.